¿Qué es el dolor crónico?

dolor centro de mayores

 

Nuestro organismo, con todos sus sistemas y tejidos, está expuesto constantemente a múltiples desafíos: virus, bacterias, golpes, heridas o exigencias físicas, cognitivas y emocionales.

Estos estímulos son detectados por el sistema nervioso, presente en cada rincón del cuerpo, que actúa como una red de vigilancia. 

Cuando es necesario, alerta al sistema inmunitario para reparar tejidos o al sistema endocrino para ajustar el funcionamiento interno. Todo ello ocurre en busca de la homeostasis, ese equilibrio dinámico donde el cambio es constante y la adaptación es clave.

Una infección gastrointestinal puede obligarnos a modificar la dieta durante unos días. Una fractura requiere inmovilización y una posterior carga progresiva. La ansiedad, por su parte, necesita cambios en los hábitos que regulen el sistema nervioso y hormonal.

Cada desafío tiene sus tiempos. Y aunque estos varían entre personas, existe una lógica biológica: el organismo necesita un periodo para recuperar la funcionalidad.

A nadie le parecería normal que una gastroenteritis durara tres meses. Si síntomas como hinchazón, reflujo o acidez persistieran, entenderíamos que hay algo más que el problema inicial. Buscaríamos otras causas.

Con los tejidos musculoesqueléticos —y en realidad con cualquier tejido— ocurre lo mismo.

Cuando un músculo, tendón o ligamento se lesiona, se inicia un proceso inflamatorio. Este no es un error, sino una respuesta organizada: primero se limpian los restos celulares dañados y después comienza la reparación. Durante este proceso aparecen signos como inflamación, aumento de temperatura, hematoma o dolor.

El dolor, en este contexto, cumple una función: regular la actividad para permitir la recuperación. Nos indica cuánto y cómo movernos.

Hasta aquí hablamos de fisiología normal.

¿Cuándo se considera dolor crónico?

Sin embargo, en la práctica clínica es frecuente encontrar personas cuyo dolor persiste más allá del tiempo esperado de recuperación. En algunos casos, se normaliza y pasa a formar parte del día a día. En otros, domina la vida por su intensidad o frecuencia.

A esto lo llamamos dolor crónico: aquel que persiste más allá del tiempo necesario para la reparación tisular.

¿Cómo se genera el dolor crónico? ¿Qué esta ocurriendo?

Podemos entender el organismo como un sistema que, a lo largo de la vida, acumula experiencias: biológicas, emocionales y sociales. Desde el nacimiento —la microbiota, el entorno, el contacto físico, la alimentación— hasta la vida adulta, todo influye en cómo el cuerpo interpreta lo que sucede. Cada experiencia es diferente y la genética con la que la enfrentamos también.

Quién recibe, interpreta, comunica y dirige al resto de sistemas como un verdadero director de orquesta es el sistema nervioso, que como ya hemos citado va de la mano del inmunitario para mantenernos a salvo, y del endocrino-metabólico para que nuestro funcionamiento se adapte a las normas de mínimo gasto energético y comodidad para garantizar la función.

NOCICEPTORES vs S.NERVIOSO; 

SENSACIÓN vs PERCEPCIÓN

En este contexto aparecen los nociceptores, terminaciones nerviosas libres distribuidas por todo el organismo: piel, músculos, articulaciones, huesos, vísceras y sistema nervioso. Su función es detectar estímulos potencialmente dañinos. Estos pueden ser mecánicos – la presión de un disco vertebral sobre una raíz nerviosa-, térmicos o químicos- un aumento de cortisol en el torrente sanguíneo por estrés mantenido.

Este proceso puede ocurrir sin que haya consciencia o el individuo llegue a sentir dolor. A esto lo llamamos la SENSACIÓN. Es objetivo, si dos individuos diferentes acercan la mano a una estufa sus nociceptores más o menos recibirán el mismo estímulo.

Si no aparece dolor significa que el sistema lo ha podido resolver antes, o no ha sido de la suficiente intensidad o frecuencia como para que los sensores- nociceptores- abran las compuertas y dejen pasar la información hacia niveles superiores. 

Es crucial entender que estos receptores no detectan “dolor”, sino cambios físicos. Cuando un estímulo supera cierto umbral, se transforma en una señal eléctrica mediante un proceso llamado transducción.

La intensidad del estímulo se codifica principalmente en la frecuencia de descarga, no en la amplitud del potencial. Este mecanismo explica por qué estímulos repetidos o sostenidos pueden generar una mayor señal nociceptiva incluso sin aumento del daño tisular.

Esta señal viaja hacia el sistema nervioso central, pero también genera respuestas locales: liberación de sustancias como la sustancia P o citoquinas, que aumentan la sensibilidad del tejido y activan la respuesta inflamatoria.

A nivel neuronal, esto implica la apertura de canales iónicos y la generación de potenciales de acción. Esto tendrá lugar dependiendo, tanto de la intensidad del estímulo como de la repetición de los mismos.

Cuando esta información llega al cerebro, no se convierte automáticamente en dolor. Antes es evaluada e integrada con factores emocionales, cognitivos, contextuales y de memoria. El resultado es lo que llamamos PERCEPCIÓN.

El dolor, por tanto, no es una señal directa del tejido, sino una experiencia generada por el cerebro cuando considera que hay una amenaza relevante.

Aquí aparece un concepto clave en el dolor crónico: la sensibilización.

Sensibilización: un sistema hipervigilante

La sensibilización periférica ocurre cuando los nociceptores reducen su umbral de activación, generalmente en contextos inflamatorios o alteraciones del equilibrio entre sistemas. Esto hace que estímulos antes inocuos se perciban como amenazantes.

La sensibilización central, por su parte, implica cambios en el sistema nervioso central. La señal se amplifica, se mantiene en el tiempo y pierde proporcionalidad con el estímulo original.

Recordemos que el sistema nervioso central recoge información tanto de lo somático, hormonal, visceral, metabólico, emocional o cognitivo. Por tanto cualquier alteración en uno de estos sistemas mantenido en el tiempo como puede ser un estreñimiento o síndrome premenstrual puede llevar a nuestro sistema nervioso a la sensibilización.

Este proceso está relacionado con la neuroplasticidad, la capacidad del sistema nervioso para cambiar su funcionamiento en función de la experiencia.

Un individuo cuya infancia ha estado marcada por frases como “cuida no te caigas” “no te sientes así que te dolerá la espalda” o “no camines descalzo que te enfriarás” no va responder de la misma manera que el que ha recibido muchas propuestas de movimiento sin miedo.

En el primer caso, el organismo interpreta más situaciones como peligrosas, incluso en ausencia de daño real.

Esto explica por qué dos personas pueden responder de forma completamente diferente ante el mismo estímulo. La historia de vida, el funcionamiento metabólico y visceral, el aprendizaje, las creencias y el contexto influyen en cómo el sistema nervioso evalúa la amenaza.

También ayuda a entender fenómenos como el “barruntar”, término aragonés que el doctor López del Val del Hospital Clínico de Zaragoza explicó en su tesis doctoral y que se refiere a la sensación de aumento del dolor antes de cambios meteorológicos. En personas sensibilizadas, variaciones en la presión o carga eléctrica ambiental pueden amplificar la percepción interna del cuerpo.

Todo esto nos lleva a una idea fundamental:

dolor y daño no tienen una relación lineal.

Existen personas con hernias discales o artrosis sin dolor, y otras con dolor intenso sin hallazgos relevantes en pruebas de imagen.

El dolor depende, en gran medida, del estado del sistema nervioso y de cómo interpreta el contexto.

Tratamiento: diferencia de abordaje entre dolor primario y secundario.  

En condiciones normales, la inflamación tras una lesión es necesaria para la reparación. A eso le llamamos DOLOR PRIMARIO.

El propio organismo produce mediadores especializados en su resolución, como resolvinas, lipoxinas o protectinas que son derivados de los ácidos grasos esenciales, omega 3 y omega 6.

Factores como una alimentación adecuada que cubra esta necesidad extra de ácidos grasos, la hidratación o ciertos nutrientes como el Zn, colágeno y vitamina C pueden favorecer el proceso de resolución de la inflamación y cicatrización. Una pauta diétetica bien diseñada evitando aquellos alimentos con carácter más inflamatorio y facilitar el proceso digestivo no solo contribuye por el aporte de nutrientes sino por facilitar el uso de energía en aquellos tejidos que ahora lo precisan.

El movimiento, cuando se dosifica correctamente, también es clave: mejora la circulación y la eliminación de desechos metabólicos, facilita la recuperación y envía señales seguras al sistema nervioso.

Sin embargo, cuando los sistemas pierden su capacidad de adaptación, el dolor puede persistir: DOLOR SECUNDARIO.

En estos casos, hablamos de un fallo en la homeostasis. El dolor deja de ser una señal útil de protección y se convierte en una respuesta mantenida, a veces difusa.

En ocasiones mejora con el movimiento suave y empeora con el exceso.

Entender esto es fundamental.

Porque el abordaje del dolor crónico no debe centrarse únicamente en el tejido, sino en el sistema que lo interpreta: el sistema nervioso y en la comprensión de que factores han intervenido a lo largo de la historia del paciente en la pérdida de la homeostasis y la adaptabilidad del organismo.

Encasillamos en dolor crónico patologías como la fibromialgia, fatiga crónica y otros similares. Sin embargo, un dolor lumbar que se mantiene en el tiempo encaja también en esta definición.

En estos casos, la terapia integrativa se encarga de la búsqueda de la raíz que hace que se mantengan los síntomas y ajusta el tratamiento a esos hallazgos. No se pueden dar recetas generalistas porque cada condición es única y precisará un abordaje diferente a pesar de manifestar síntomas similares.

A pesar de ser el dolor herramienta de autoconocimiento con un gran poder transformador, no es un lugar dónde debamos permanecer. El cambio, el progreso personal, la metaformosis, NOS OBLIGA AL ALIVIO.

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María Gomá

No creo en soluciones universales, sino en tratamientos y herramientas que se ajusten exactamente a ti.

Dirijo el centro de fisioterapia : Fisioterapia María Gomá en Alagón, Zaragoza. Donde realizamos tratamientos en los siguientes campos: neurología, traumatología, reumatología, nutrición, deporte.

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