El dolor no siempre es daño: aprender a escuchar lo que el cuerpo intenta decirnos
Hace unos días tuve la oportunidad de conversar durante casi dos horas en el podcast Salud con sentido sobre uno de los temas que más ha marcado mi trayectoria profesional y también mi propia vida: el dolor.
Y cuanto más hablo de dolor, más convencida estoy de que necesitamos cambiar la manera en la que nos relacionamos con él.
Porque cuando aparece, nuestra primera reacción suele ser muy humana: queremos que desaparezca.
Queremos apagarlo.
Tomarnos algo. Estirarlo. Masajearlo. Descansar. Encontrar una prueba que nos diga qué está pasando.
Y, por supuesto, cuando una persona está sufriendo, aliviar ese sufrimiento importa.
Pero quizá podamos hacer algo más.
Podemos empezar a preguntarnos qué está ocurriendo.
El dolor no es simplemente una señal de daño
Durante mucho tiempo hemos aprendido a pensar en el dolor como una especie de cable directo:
lesión → señal → dolor.
Pero nuestro sistema nervioso es bastante más complejo.
La información procedente de los tejidos llega al sistema nervioso y allí se integra con muchísimos otros elementos: experiencias anteriores, aprendizaje, contexto, emociones, expectativas, estado de alerta, sueño, atención…
Por eso, dos personas pueden tener una lesión similar y experimentar cantidades de dolor completamente diferentes.
Y también por eso podemos tener dolor intenso sin que exista una lesión que explique por sí sola esa intensidad.
Esto no significa que el dolor sea imaginario.
Todo lo contrario.
El dolor es real.
Es una experiencia que genera una respuesta en todo nuestro organismo y que puede llegar a ocupar prácticamente todo el espacio de nuestra vida.
Quien ha vivido dolor persistente sabe perfectamente de qué estoy hablando.
El problema aparece cuando solo intentamos apagar el piloto
Me gusta pensar en el dolor como un sistema de alarma.
Pero con una precisión importante: una alarma no nos dice necesariamente cuál es el problema ni siquiera garantiza que exista un daño en ese momento.
Nos dice que el sistema considera que hay algo a lo que debemos prestar atención.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestra época.
Vivimos rodeados de herramientas que hacen nuestra vida más cómoda y tenemos acceso a medicamentos y tratamientos que pueden ser muy útiles para aliviar el dolor.
Y menos mal.
Yo no demonizo la medicación.
Hay personas que llevan años sufriendo y para las que conseguir alivio es una necesidad, no un capricho.
El problema aparece cuando convertir el alivio en el único objetivo hace que dejemos de preguntarnos por qué ese dolor se ha convertido en persistente.
Podemos aliviar y, al mismo tiempo, seguir investigando.
Una cosa no tiene por qué excluir la otra.
El cuerpo no está dividido en compartimentos
Una de las cosas que más ha cambiado en mi manera de trabajar durante estos años es que cada vez necesito menos pensar en el cuerpo como una colección de piezas independientes.
Antes podía llegar una persona con cervicalgia y mi atención se dirigía principalmente hacia la cervical.
Hoy sigo mirando la estructura, por supuesto.
Pero también quiero saber cómo duerme, cómo respira, cómo se mueve, cómo come, cómo está viviendo, qué nivel de estrés soporta, qué experiencias ha tenido y cómo interpreta lo que le está ocurriendo.
No porque todo tenga que estar relacionado con todo.
Sino porque el organismo funciona como un sistema dinámico en el que diferentes sistemas se influyen entre sí.
Y el sistema nervioso tiene un papel fundamental en esa comunicación.
Por eso una persona puede llegar a consulta diciendo:
“Me duele el pie.”
Y mi primera pregunta no tiene por qué ser necesariamente qué le pasa al pie.
A veces necesito empezar mucho antes.
¿Cómo estás durmiendo?
¿Cómo funciona tu sistema digestivo?
¿Cuánto te mueves?
¿Qué ha cambiado en tu vida?
¿Qué ocurre con ese dolor?
¿Qué has dejado de hacer por él?
Las preguntas también son una herramienta terapéutica.
Dejar de ser un paciente pasivo
Creo que durante mucho tiempo hemos construido una fisioterapia demasiado centrada en lo que el profesional hace al paciente.
Te pongo las manos.
Te movilizo.
Te masajeo.
Te pincho.
Te aplico una técnica.
Y, aunque todas esas herramientas pueden tener su lugar, cada vez creo más en una fisioterapia que enseña al paciente a participar.
No porque tengamos que convertir a cada persona en experta en fisiología.
Sino porque necesitamos que comprenda mínimamente qué está ocurriendo para poder tomar decisiones.
A veces una herramienta muy sencilla puede ser mucho más útil que una intervención aparentemente sofisticada.
Una respiración.
Un paseo.
Una determinada forma de moverse.
Dormir mejor.
Volver poco a poco a una actividad.
Encontrar algo que despierte curiosidad.
Escribir.
Crear.
Y aquí aparece algo que me interesa especialmente: lo sencillo no significa superficial.
Detrás de una herramienta aparentemente pequeña puede existir muchísimo conocimiento.
No necesitamos veinte cambios. Necesitamos encontrar el primero
Las personas con dolor persistente suelen llegar cansadas.
Cansadas físicamente, pero también cansadas de buscar.
Han probado cosas.
Han visitado profesionales.
Han recibido diagnósticos.
Han cambiado su alimentación.
Han hecho ejercicios.
Han dejado de hacer otros.
Y muchas veces llegan con una especie de agotamiento comportamental: ya no saben qué probar.
Por eso no creo en llenar a una persona de recomendaciones.
Tenemos que preguntarnos:
¿Cuál es el pequeño cambio que esta persona puede hacer hoy?
No el cambio perfecto.
El posible.
El que pueda generar una pequeña ventana de mejoría que permita dar después el siguiente paso.
A veces será caminar.
A veces será dormir.
A veces aprender a respirar de otra manera.
A veces recuperar una actividad que se había abandonado.
Y otras veces será simplemente dejar de tener miedo al movimiento.
El movimiento es importante, pero no es una orden
Hay una frase que me gusta mucho:
“Tienes que moverte.”
Pero con una persona con dolor persistente, dicha así, puede ser una frase terrible.
Porque una persona que está sufriendo mucho puede escucharla como:
“Si no te mueves, es culpa tuya.”
Y no.
El movimiento necesita estar bien dosificado y adaptado a la persona.
Somos tejido. Y el tejido necesita sus tiempos.
Una lesión aguda necesita respetar determinados procesos biológicos.
Pero una vez que esos tiempos han pasado, el movimiento vuelve a ser una de nuestras grandes herramientas para recuperar capacidad.
No existe un movimiento universal que sirva para todos.
Existe el movimiento adecuado para esa persona, en ese momento y en ese contexto.
Y también necesitamos recuperar la capacidad de crear
Esta es quizá una de las partes de mi trabajo que más me apasiona.
Cuando pensamos en el abordaje del dolor solemos hablar de ejercicio, descanso, alimentación, medicación…
Pero ¿qué ocurre con crear?
Escribir.
Pintar.
Tocar un instrumento.
Cocinar.
Aprender algo nuevo.
Caminar por un lugar diferente.
Jugar.
Hacer algo que nos obligue a salir de las respuestas automáticas.
El dolor tiene una enorme capacidad para secuestrar nuestra atención.
Cuando algo duele mucho, el dolor se convierte en el centro de nuestra vida.
Por eso recuperar espacios de atención que no estén ocupados por el dolor puede ser una herramienta muy poderosa.
No porque escribir una poesía vaya a “curar” un dolor crónico.
Sino porque somos mucho más que ese dolor.
Y necesitamos volver a ocupar otros espacios de nuestra experiencia.
El descanso también forma parte del tratamiento
“Es que siempre he dormido así.”
“Es que con la edad…”
“Es que tengo mucho trabajo.”
Pero dormir no es tiempo perdido.
Durante el descanso nuestro organismo lleva a cabo procesos esenciales de recuperación y regulación.
Y cuidar el sueño no empieza cuando nos metemos en la cama.
Empieza mucho antes.
Con cómo vivimos el día.
Con nuestra exposición a la luz.
Con nuestra actividad.
Con nuestros ritmos.
Con la capacidad de alternar momentos de activación con momentos de recuperación.
Necesitamos actividad y descanso.
Desafío y recuperación.
Aprendizaje y pausa.
No podemos vivir permanentemente acelerados y pretender que nuestro organismo sepa desconectar justo cuando nosotros se lo ordenamos.
No todo lo habitual es normal
Hay una frase que apareció varias veces durante la conversación y que considero especialmente importante:
que algo sea frecuente no significa que sea normal.
Nos hemos acostumbrado a normalizar muchas cosas.
Dormir mal.
Tener problemas digestivos.
Vivir con dolor menstrual incapacitante.
Sentirnos agotados permanentemente.
Tener dolor de espalda cada semana.
Tomar analgésicos de forma rutinaria para poder continuar con nuestro día.
La normalización puede ser peligrosa porque nos hace dejar de preguntar.
Y dejar de preguntar significa, muchas veces, dejar de buscar soluciones.
El dolor y la edad
Otro de los grandes mitos es pensar que cumplir años significa necesariamente vivir con dolor.
Envejecer implica cambios.
Nuestro cuerpo cambia.
Nuestros tejidos cambian.
Nuestra capacidad de recuperación cambia.
Pero edad y dolor no son sinónimos.
De hecho, en consulta encuentro muchas veces personas relativamente jóvenes con una vida muy limitada por el dolor.
Y personas mayores que mantienen una vida activa y autónoma.
No se trata de negar el paso del tiempo.
Se trata de dejar de utilizarlo como explicación universal.
No quiero simplemente añadir años a mi vida.
Quiero, en la medida de lo posible, añadir vida a esos años.
Escuchar el dolor no significa tenerle miedo
Quizá esta sea la idea más importante que me gustaría que alguien se llevara de todo lo que hablamos en el podcast.
Escuchar el dolor no significa estar pendiente de cada sensación corporal.
Tampoco significa buscar constantemente qué enfermedad podemos tener.
Y mucho menos significa pensar que todo dolor tiene un significado oculto que tenemos que descubrir.
Significa aprender a observar.
A preguntar.
A entender.
A distinguir.
A pedir ayuda cuando la necesitamos.
Y, sobre todo, a no convertir el dolor en nuestra única realidad.
Porque cuando el dolor se vuelve persistente puede empezar a ocuparlo todo:
nuestro cuerpo,
nuestro pensamiento,
nuestro movimiento,
nuestro trabajo,
nuestras relaciones,
nuestros planes.
Y una parte importante del proceso consiste precisamente en volver a ampliar ese mundo.
No podemos aferrarnos a una certeza
Al final de la entrevista me pidieron una frase para cerrar el episodio.
Elegí una de Michel de Montaigne que para mí resume bastante bien cómo entiendo hoy la salud y también mi propia profesión:
“El enemigo de la verdad no es la mentira, sino la ilusión de saber la verdad.”
Después de casi tres décadas trabajando con personas, cada vez tengo menos certezas absolutas.
Y creo que eso no es una debilidad.
Es una forma de humildad.
La ciencia avanza.
Nosotros aprendemos.
El cuerpo cambia.
Las circunstancias cambian.
Y lo que hoy parece una respuesta definitiva mañana puede necesitar ser revisado.
Por eso no quiero enseñar a las personas a aferrarse a una explicación.
Quiero ayudarles a comprender, observar, hacerse preguntas y recuperar capacidad de acción.
Porque el dolor que estás viviendo hoy tampoco tiene por qué ser la realidad que te acompañe siempre.
Y quizá escuchar lo que tu cuerpo intenta decirte sea el primer paso para empezar a escribir una respuesta diferente.


