Se denomina dolor cervical crónico al que persiste más de 3 meses. Se estima que aproximadamente un 25 % de la población lo padece en el transcurso de un año, con una prevalencia mayor en mujeres y en países con ingresos altos en comparación con aquellos de ingresos medios o bajos. Asimismo, se observan cifras superiores en áreas urbanas respecto a las rurales.
A pesar de que estos datos ocupan apenas unas líneas, reflejan la complejidad etiológica que subyace a este síntoma, frecuentemente referido por el paciente como “contractura” o “tortícolis”.
La columna cervical está compuesta por 7 vértebras que conforman una curva fisiológica denominada lordosis. Su función principal es sostener la cabeza y garantizar el equilibrio musculoesquelético, neuromeníngeo y visceral, mediante una extensa red aponeurótica y de tejido conectivo. Mantiene además la relación biomecánica con el tórax. La coordinación de las cadenas musculares asegura la horizontalidad de la mirada y el equilibrio a través del sistema vestibular.
Junto con la lumbar están al servicio del movimiento, éste se creará a través de las cadenas rectas anteriores que facilitarán el enrollamiento, las posteriores, el enderezamiento y las cruzadas las torsiones. La preservación de la lordosis fisiológica y de la alineación cráneo-cervico-torácica garantiza un funcionamiento eficiente, permitiendo sostén, movilidad y equilibrio sin síntomas asociados.
En un esquema fisiológico la función gobierna la estructura
En un esquema patológico la estructura gobierna la función
Estas afirmaciones nos vienen a decir, que cuando aparecen los síntomas: dolor, rigidez o falta de movimiento, nuestra columna cervical pierde la capacidad de desarrollar sus funciones pudiendo sentir vértigos o mareo, dolor de cabeza o sensaciones neurovegetativas debido a la continuidad tisular del tejido conectivo con elementos intracraneales como la hoz de cerebro o la tienda del cerebelo, o falta de movilidad ya que la estructura (articulaciones, músculos, ligamentos, discos, etc) toma prioridad sobre la función.
El sistema musculoesquelético no constituye un sistema prioritario para la supervivencia; se encuentra supeditado a los sistemas nervioso, endocrino e inmunológico. Esto plantea la siguiente cuestión:
¿Por qué la estructura puede llegar a imponerse a la función generando síntomas tan incapacitantes?
No podemos excluir de la ecuación el traumatismo físico: accidente de tráfico, caída, lesión deportiva o la simple falta de tono por el desuso de unas estructuras diseñas para moverse y desarrollar fuerza que habitan en una sociedad sedentaria. De aquí podemos extraer la conclusión de la mayor prevalencia de dolor cervical en áreas urbanas y con alto poder adquisitivo dónde por regla general la ocupación laboral obliga a largas jornadas de trabajo estático con altos niveles de estrés.
Sin embargo, el objeto de este artículo es poner en relevancia que el trauma que lesiona un tejido tiene tiempo de caducidad y en la práctica clínica observamos casos que no se corresponden con los tiempos fisiológicos de reparación tisular. Aquí cobra importancia la influencia del sistema visceral.
La cadena visceral parte de la base del cráneo, desciende hasta la garganta, el tórax, abdomen y pelvis y va a parar al perineo. Por consiguiente, esta cadena puede, de forma natural y coherente, hacer remontar los problemas viscerales hasta el nivel cervical.
Si no nos olvidamos de la anatomía básica, nuestras cervicales se relacionan directamente con la faringe y el esófago, ésta se inserta en la base del cráneo y presenta continuidad tisular con la lengua, está íntimamente relacionada con la laringe que se extiende hasta la tráquea y que a su vez comunica con los bronquios llegando así hasta nuestro sistema respiratorio. El esófago desciende y atraviesa el diafragma torácico estableciendo la relación entre tórax y abdomen y dando continuidad al aparato digestivo.
La faringe inervada por el glosofaríngeo y el nervio vago y la laringe por este último. El famoso nervio vago que se extiende por el cráneo, cuello, tórax y abdomen. Encargado principalmente de recoger información de vísceras, respiración y corazón e informar al sistema nervioso. Forma parte de la rama parasimpática (recuperación, descanso) de nuestro sistema nervioso autónomo que junto a la rama simpática (acción, lucha, huida), hacen de sistema de soporte del resto modulando nuestras respuestas fisiológicas.
Si predomina el sistema simpático (estrés mantenido), disminuye la función vagal, que ya hemos visto que tiene continuidad anatómica con la región que nos ocupa: la cervical, pudiendo perder su función y ofreciéndole el control a una estructura en lucha.
Alteraciones digestivas como el reflujo gastroesofágico pueden provocar espasmo diafragmático, irritación del nervio frénico (C3–C5) que lo inerva y que se origina en los segmentos cervicales del tercero al quinto provocando síntomas en ellos como los citados anteriormente.
Podemos así establecer relaciones coherentes entre el sistema musculoesquelético y los sistemas prioritarios: nervioso, digestivo, respiratorio, cardiaco, endocrino e inmunitario.
La mayor prevalencia en mujeres podría explicarse por su mayor susceptibilidad al estrés crónico y por la influencia de las hormonas sexuales en la cadena visceral (eje hipotálamo–hipófisis–tiroides–hígado–suprarrenales–ovarios). El hígado, encargado de metabolizar tanto cortisol como estrógenos, puede sobrecargarse y generar tensión diafragmática que derive en dolor cervical persistente por su estrecha relación a través del nervio frénico.
Desde la fisioterapia integrativa, que no es más que la fisioterapia que respeta la coherencia de las continuidades anatómicas y los procesos fisiológicos resulta imprescindible revisar la respiración, masticación, función digestiva, estado hormonal y modulación del sistema nervioso autónomo para establecer la hoja de ruta adecuada que evite la cronificación del dolor.
“La comprensión de los procesos fisiológicos nos permite intervenir terapéuticamente”
Claude Bernard
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